La rendición de Breda

 



Sintió el silbido frío de la posta cuando pasó cerca de su oreja. Se acurrucó tras la empalizada, juró por Dios y por Santiago, cargó su mosquete, asentó su casco y levantándose disparó al albur contra cualquier hereje que se interpusiese en el camino de su disparo. 

La situación era desesperada, pero en el imaginario de todos los tercios estaba la condición univoca e irreversible de,... ni un paso atrás. 

En ese momento de desesperación, y cuando ves el final de tu vida próximo, recuerdas todos los hechos fundamentales de tu existencia.

Recuerdas tu infancia y niñez de escasez y penurias. Recuerdas los malos tratos cuando eras ayudante de arriero en tu mocedad. Recuerdas a aquella criada de venta que te hizo hombre, y cuando te alistaron por obligación en los tercios españoles para batallar por España y la cristiandad, por una paga que hace dos años que no cobrabas. 

Tambien recuerdas los tiempos en Italia, cuando el rey Felipe II, pagaba religiosamente y podías solazarte en una taberna con tus compañeros, de armas, y jugar a los dados quien se acostaba con la criada de la taberna. ¡Buenos tiempos! ¡Vive Dios!. Ser español en Italia era un privilegio. Soldada, vino, buen clima. 

Ahora estas aquí, a media legua de Breda, en primera línea esperando que llegue la infantería con sus lanzas que son el enemigo más terrible del adversario. Cargas el mosquete, calas el casco y te levantas a disparar otra vez a la desesperada, y sientes de repente algo que como un lobo te muerde el pecho. Desfalleces, no sientes dolor, pero sientes frío y un adormecimiento, y recuerdas aquello de.... España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura, y nunca sabrás que gracias a ti el gran pintor Velazquez, pintará uno de los cuadros más famosos de la historia. 




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