ASÍ ERA FRANCISCO DE QUEVEDO




Cerró el portón de casa, en la calle del Niño, con dos vueltas de llave y se fué, apoyando  su bastón para no tropezar y dispuesto a cerrar su negocio de compraventa con D. Luis de Ansurez.

A su llegada, el Sr. de Ansurez fué avisado por uno de sus criados de la llegada del poeta, y lo primero que hizo fue ordenar la retirada de su mujer, sus hijas y sus criadas. La fama de embustero galán le precedia. Evitado el peligro, se alejaba el problema. Nunca había conocido a un cojo más atractivo a las mujeres.

Cuando Francisco de Quevedo llegó a entrada de la estancia, antes de pedir licencia para entrar, se atusó la blusa y estiró la capa. Se limpió los botines con la parte de atrás de las medias, recaló su sombrero y ajustó su espada. Luego empujó la puerta y entró en la habitación a que miraba al patio interior.

- Sea vuestra merced bienvenido a esta casa, que es la suya. ¿En que puedo ayudar a su merced?- dijo el propietario. 

- Vive Dios que nunca he sido tan bien recibido en ninguna casa o palacio, ni por alguien que se pareciera lo más al rey nuestro señor. Ahora sé que estoy en el lugar adecuado, y que vuestra fama y honor ha sido justamente elogiada. Es de mi parecer que hoy haremos entrambos grande empresa.

 ¿Acaso sois vos el dueño de la casa de la esquina?. Si así fuera, estaría muy honrado en compraosla, si los dineros fuesen ajustados a razón. 

- Y... ¿Qué motivo tenéis para tal pretensión? ¿No sabéis acaso que está ocupada por otras personas y familias? La mayoría son gente de bien, temerosos de Dios, y pagan puntualmente sus rentas.                           ¿Por qué habría de vender tal propiedad? 

- Sr. de Ansurez. He sido nombrado heredero universal por un tío cardenal en Roma, que me obliga a invertír sus rentas en beneficio de la iglesia, sus hijos y sus ministros, y he llegado a conocer que en esa casa vive un sacerdote que por circunstancias extremas adeuda varios meses de sus rentas, lo que genera un grande perjuicio económico a vuestros intereses. Yo os libraría de esos perjuicios, y afrontaria la deuda con los dineros de mi tío. Así se cumpliría la su voluntad,... y la mía.                                    ¿Os parecen bien 400 ducados de vellón? También correría con los arbitrios y tasas del rey. 

El Sr. de Ansurez vio el cielo abierto. No era tan listo este Quevedo. Se la hubiera dado por menos. Esa casa era una ruina para su pecunio. 

- Déjeme pensarlo unos días, le dijo. El próximo domingo a la salida de la misa de 12 en la iglesia de San Sebastián, daré razón a vuestra merced. 

Allí estaba él como un clavo a la salida de la misa , y cuando salió el propietario este le sonrió y estrecharon sus manos. El trato estaba hecho. Francisco de Quevedo, pagó lo estipulado, y recibió el contrato. 

Al día siguiente, contrató una cuadrilla que puso en la calle, todos los enseres de Luis de Góngora. En su puerta solo un poema:

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.

Érase un reloj de sol mal encarado,
érase un alquitara pensativa,
érase un elefante boca aariba,
era Ovidio Nasón mas narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.

NOTA:

 Francisco de Quevedo, era enemigo irredento de Luis de Gongora. Quevedo compró la casa de Góngora, por darse el gusto de echarlo a la calle. 




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