Cuando Gruuj encontró a Arat
Enterró a su mujer y a sus hijos, y se los ofreció a su totem.
Estaba solo en el mundo. El único de su clan. Y aunque no sabía, era el último de su especie.
Usó los ultimos pigmentos para reflejar su mano, como despedida del abrigo rocoso que los había cobijado la última estación. Apagó el fuego, recogió sus útiles y se marchó de aquel lugar.
Tenía hambre. Se dirigió al río con intención de pescar.
Entonces la vio. Una mujer distinta.
Fea en comparación con las que había conocido.
Ella también lo vio y se acercó a él. Le pareció un hombre extraño pero daba la sensación de desvalido.
-Ven, le indicó con la mano.
Tras pensárselo, accedió. No tenía nada que perder, excepto una vida que ya no le importaba. Ella se acercó a él y pasó su mano por su arco supraorbital, y él acarició su pelo negro. Y entre ellos fue surgiendo una corriente de comunicación gestual. Y pasaron los días, las semanas y los meses, y se hicieron amigos, y más tarde pareja.
Él cazaba y recolectaba para los dos. Ella cuidaba de mantener el fuego y curtir pieles. Eran felices. Un día de invierno, mientras ponía una trampa, un oso de las cavernas, acabó con él.
Ella lo lloró y se arrancó el pelo en señal de dolor. Quería morir, aún a sabiendas que en su vientre crecía el fruto de su amor.
El se llamaba Gruuj, era neanderthal. Ella Arat, era sapiens.
Estaba solo en el mundo. El único de su clan. Y aunque no sabía, era el último de su especie.
Usó los ultimos pigmentos para reflejar su mano, como despedida del abrigo rocoso que los había cobijado la última estación. Apagó el fuego, recogió sus útiles y se marchó de aquel lugar.
Tenía hambre. Se dirigió al río con intención de pescar.
Entonces la vio. Una mujer distinta.
Fea en comparación con las que había conocido.
Ella también lo vio y se acercó a él. Le pareció un hombre extraño pero daba la sensación de desvalido.
-Ven, le indicó con la mano.
Tras pensárselo, accedió. No tenía nada que perder, excepto una vida que ya no le importaba. Ella se acercó a él y pasó su mano por su arco supraorbital, y él acarició su pelo negro. Y entre ellos fue surgiendo una corriente de comunicación gestual. Y pasaron los días, las semanas y los meses, y se hicieron amigos, y más tarde pareja.
Él cazaba y recolectaba para los dos. Ella cuidaba de mantener el fuego y curtir pieles. Eran felices. Un día de invierno, mientras ponía una trampa, un oso de las cavernas, acabó con él.
Ella lo lloró y se arrancó el pelo en señal de dolor. Quería morir, aún a sabiendas que en su vientre crecía el fruto de su amor.
El se llamaba Gruuj, era neanderthal. Ella Arat, era sapiens.


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