No todos eran valientes
Levaba cuatro horas en su puesto, cuando el general entró de repente en la oscura sala.
El soldado de un salto se puso en pie y poniéndose en posición de firmes y dando un sonoro taconazo, grito:
- A las órdenes de vuecencia mi general, presentes noventa hombres,... Y agachó la cabeza para esbozar una sonrisa.
- No se levanten y sigan descansando-ordenó el viejo militar.
El general se estiró la guerrera, se sacudió el polvo, se puso el sucio monóculo sobre su único ojo vivo, y engolando la voz, dijo:
- ¡Muy queridos hijos de la patria!. Estoy orgulloso de vuestro valeroso e incondicional compromiso con vuestra nación, a la que nunca defraudais. Sé que hasta ahora ha sido una larga y dura batalla, pero el alto mando necesita de vosotros un último esfuerzo, y tengo por seguro que no me defraudareis.
¡Quiero cincuenta voluntarios!
¿Cuántos de vosotros estáis dispuestos a luchar?
Ni uno solo de aquellos hombres movió un solo musculo, ni hizo el mínimo gesto
- ¿Qué os ocurre?. No esperaba de vosotros tanta cobardía. Mañana por la mañana, inexcusablemente vuestra unidad deberá tomar la colina. Esa posición es necesaria para nuestra victoria.
De nuevo, nadie se movió
Un pegajoso y pesado silencio reinaba en la sala, sólo roto por el zumbido de los moscardones.
- Disculpe mi general-comento el soldado que estaba de guardia. Lamento comunicarle que ninguno de ellos irá mañana. No es una cuestión de valor o cobardía. Es una cuestión de vida o muerte, y ellos... desgraciadamente están todos muertos. Este barracón es ahora el depósito de cadáveres.


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